Madre conectando con su hijo mientras cocinan juntos
Maternidad, identidad y bienestar

Formas de conectar con tus hijos si no eres una madre especialmente juguetona

No ser una madre muy juguetona no significa estar menos conectada. Lectura, conversación, paseos, tareas compartidas y pequeños rituales también construyen vínculo.

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Hay madres que entran en un juego imaginario en cuestión de segundos. Se sientan en el suelo, inventan personajes, hacen voces y siguen la lógica infantil sin esfuerzo aparente. Si a ti eso no te sale, es fácil pensar que te falta una habilidad importante para conectar.

Sin embargo, ser juguetona es un estilo, no la definición del vínculo. Una relación cercana puede construirse con muchas formas de atención compartida, incluidas aquellas que para ti resultan normales, sencillas y sostenibles. El objetivo no es copiar la versión más visible de “madre divertida”, sino descubrir dónde vuestra relación funciona de verdad.

Empieza por los momentos en que la curiosidad te sale sola

Piensa en situaciones en las que no tienes que obligarte a participar. Tal vez tu hijo te cuenta todo cuando vais en coche. Quizá disfrutas leyendo en voz alta, cocinando, paseando, dibujando, montando algo, escuchando música, haciendo un puzle o hablando antes de dormir.

Esos momentos no son sustitutos de segunda categoría. Te dan información sobre tus fortalezas relacionales. Un niño siente conexión cuando nota que lo miras, recuerdas cosas que le importan, respondes, compartís algo agradable y existen pequeños lugares de la vida donde sabe que puede encontrarte.

En vez de preguntarte continuamente “¿cómo consigo ser más juguetona?”, prueba con otra pregunta: “¿cuándo estamos juntos y ambos parecemos más nosotros mismos?”. Esa suele abrir posibilidades mucho más útiles.

Busca territorio compartido, no vivir siempre dentro de los intereses del niño

Conectar no requiere que una persona abandone todas sus preferencias. Si te gusta cocinar, tu hijo puede lavar algo, mezclar, elegir ingredientes o preparar una parte sencilla. Si te gusta caminar, podéis buscar algo que a él le interese durante el paseo. Si le encantan las historias y tú prefieres leer, inventad finales o hablad de un personaje.

No se trata de convertir la infancia en una extensión de tus hobbies. Se trata de crear zonas de solapamiento. Las relaciones reales suelen construirse ahí: no cuando una persona representa indefinidamente lo que la otra quiere, sino cuando ambas encuentran una forma de estar que les resulta habitable.

Con niños pequeños, incluso las tareas de casa pueden convertirse en ese terreno común: regar una planta, guardar calcetines, elegir fruta, ordenar cucharas o preparar una merienda. Puede que todo tarde más, pero la ganancia no es eficiencia; es compartir una actividad real. Con niños mayores, quizá la conexión aparezca en música, conversaciones, recados, proyectos o cuando te enseñan algo que saben hacer.

Haz el juego más pequeño y más parecido a ti

No ser especialmente juguetona no implica evitar cualquier juego. Quizá necesitas un repertorio más concreto. Puede que te divierta el escondite y te agoten los muñecos. Tal vez disfrutas construyendo algo porque tiene una meta visible, o prefieres juegos de mesa, pelota, dibujo o pequeñas bromas.

También puedes poner un principio y un final. “Juego contigo hasta que empiece a hacer la cena.” “Construimos esta parte y después sigues tú.” Saber que el rato tiene borde permite estar de verdad dentro, en lugar de pasarlo preguntándote cuándo podrás salir.

Prueba distintos papeles. Puedes ayudar a montar la escena, dibujar un mapa, interpretar un solo personaje, observar y comentar o unirte únicamente a la parte que te resulta divertida. Muchas veces los niños necesitan menos actuación adulta de la que la culpa nos hace imaginar.

Deja que los rituales pequeños sostengan parte de la conexión

La cercanía se construye tanto con repetición como con novedad. Una frase al despertarse, una canción concreta en el coche, preparar algo los viernes, una vuelta después de cenar o sentarte cinco minutos en la cama antes de apagar la luz pueden convertirse en referencias afectivas porque vuelven una y otra vez.

Cuando tu hijo tenga edad para responder, pregúntale qué le gusta hacer contigo. A veces la respuesta es mucho más pequeña de lo que esperas: ir al supermercado, preparar tostadas, tumbarse junto a ti mientras lees, ayudarte en la cocina. Los adultos solemos valorar las experiencias por su tamaño; los niños muchas veces las recuerdan por la sensación de cercanía.

Tampoco tienes que competir con una pareja, abuelo o cuidador más juguetón. Cada adulto puede ofrecer una forma distinta de relación. Uno quizá disfruta el juego físico, otro los cuentos, otro las conversaciones, otro construir cosas. Esa variedad no demuestra que falte algo en ti.

No hace falta convertirte en otra personalidad para conectar bien con tus hijos. Puedes construir el vínculo desde atención auténtica, territorio compartido, juego en dosis sostenibles y pequeños rituales en los que ambos podáis aparecer como personas reales.