Madre conectando con su hijo sin compararse con madres que parecen disfrutar más
Maternidad, identidad y bienestar

Compararte con madres que parecen disfrutar más de la crianza

Una madre parece feliz jugando en el suelo, otra habla con entusiasmo de los fines de semana en familia y tú piensas: yo me aburro, necesito espacio, espero la hora de dormir. El salto peligroso es convertir una preferencia en una medida del amor.

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Hay madres que parecen entrar con facilidad en el juego simbólico, hablar con entusiasmo de las manualidades del domingo o decir que su plan favorito es pasar todo el día con los niños. Si a ti te aburre jugar en el suelo, necesitas ratos sola o llegas a la noche deseando silencio, la diferencia puede empezar a sentirse como una prueba: quizá ellas disfrutan de sus hijos de una forma que tú no sabes.

No disfrutar de las mismas partes de la crianza que otra madre no equivale a querer menos a tus hijos ni a tener un vínculo peor.

El disfrute tiene estilo, no una única forma correcta

Una madre puede adorar inventar historias con muñecos y detestar organizar salidas. Otra puede aburrirse con el juego repetitivo y disfrutar muchísimo leyendo, cocinando juntos, paseando, escuchando música o conversando en el coche. Hay personas que conectan mejor haciendo algo compartido y otras que disfrutan más simplemente estando cerca.

Cuando la cultura representa “disfrutar la maternidad” con escenas muy activas, juguetonas y fotogénicas, las formas tranquilas de conexión quedan fuera del encuadre. Preparar algo juntos, observar a tu hijo mientras dibuja, hablar diez minutos antes de dormir o compartir una rutina cotidiana puede generar cercanía sin parecer una escena espectacular.

También conviene distinguir el disfrute del niño del disfrute de una actividad infantil. Puedes querer profundamente a tu hijo y seguir encontrando agotadora una hora de juego de roles. El amor no necesita convertir cada propuesta de un niño en algo divertido para un adulto.

Hay edades y temporadas que encajan mejor con tu temperamento

Quizá la etapa de bebé te resultó más natural y los años de toddler te agotan. O al revés: tal vez sufriste mucho la repetición del primer año y ahora disfrutas más cuando aparece conversación, humor o intereses compartidos. Tus preferencias no tienen por qué distribuirse de manera uniforme a lo largo de toda la crianza.

También cambia tu capacidad según la temporada. Es difícil disfrutar una tarde larga cuando vienes de una semana laboral intensa, duermes poco o llevas horas sosteniendo demandas. A veces lo que parece “no me gusta estar con mis hijos” es más precisamente “ahora mismo no tengo capacidad para disfrutar otra actividad dirigida por otra persona”.

No conviertas una etapa difícil en una profecía sobre toda vuestra relación. Los niños cambian deprisa, y las formas de estar juntos se amplían con la edad.

El disfrute ajeno es más visible que el tedio

La madre que cuenta una excursión estupenda no necesariamente está ocultando nada; quizá realmente fue un gran día. Pero es más probable que esa historia llegue a una conversación o a una foto que las dos horas anteriores de discusiones, esperas o aburrimiento. El placer genera relatos más compartibles que el tedio cotidiano.

Eso crea una muestra sesgada. Ves a alguien sonriendo en una actividad y no los momentos en que mira el reloj, necesita espacio o preferiría estar haciendo otra cosa. No hace falta decidir que todo lo visible es falso. Solo recordar que no es una medida completa de cuánto disfruta esa persona su maternidad en conjunto.

Y tampoco tienes que demostrar entusiasmo para que un momento valga. Puedes estar cansada y aun así ser cariñosa. Puedes preferir que una actividad termine y al mismo tiempo cuidar el vínculo mientras dura.

Busca formas de conexión que también sean habitables para ti

Si fuerzas durante horas actividades que te drenan porque “una buena madre disfruta jugando”, es probable que termines más ausente o irritada. Una alternativa es participar de forma acotada y después proponer algo que funcione mejor para ambos. Diez o quince minutos de juego con presencia real pueden ser más sostenibles que una tarde de actuación resentida.

Piensa en contextos donde no tengas que interpretar un personaje: leer, caminar, cocinar algo sencillo, escuchar música, montar en bici, regar plantas, hacer una tarea juntos o estar en la misma habitación cada uno con lo suyo. La conexión repetible suele ser más valiosa que la actividad que queda perfecta una vez.

También puedes dejar espacio para que otras personas de la familia conecten de otras maneras. Si tu pareja disfruta muchísimo el juego físico y tú prefieres leer, no hace falta que ambos ofrezcáis exactamente lo mismo para que el niño reciba una relación rica.

No necesitas parecer más entusiasmada con la crianza para querer profundamente a tus hijos. Necesitas suficientes formas de estar juntos que permitan conexión real sin pedirte que disfrutes de cada parte, cada edad y cada hora.