Madre sintiendo que algún día descubrirán que no sabe lo que hace
Maternidad, identidad y bienestar

Síndrome de impostora en la maternidad: sentir que algún día descubrirán que no sabes lo que haces

Nadie te entrega una acreditación que diga “ya sabes ser madre”. Aprendes mientras el niño cambia, y justo cuando dominas una etapa aparece otra. Esa sensación de improvisación puede confundirse con estar engañando a los demás.

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Alguien te pregunta qué hacéis con una rabieta, una siesta o una decisión del colegio y respondes con la mejor explicación que tienes. Por dentro, sin embargo, aparece otra voz: si supieran cuánto dudo, se darían cuenta de que no tengo ni idea. A esa sensación se la llama a veces, en lenguaje cotidiano, “síndrome de impostora”.

Sentirte insegura en un rol que cambia constantemente no demuestra que estés fingiendo pertenecer a él. Muchas veces demuestra que estás viviendo desde dentro una responsabilidad que no ofrece una sensación permanente de dominio.

La maternidad empieza antes de que puedas sentirte experta

En otros ámbitos suele existir una secuencia más clara: formación, práctica supervisada, feedback y una acreditación que marca cierto nivel de competencia. En la maternidad, la responsabilidad llega primero. Tienes que cuidar, decidir y responder mientras todavía estás acumulando la experiencia que después hará algunas cosas más automáticas.

Y justo cuando una etapa empieza a resultarte familiar, cambia el problema. Aprendes a leer señales de un bebé y aparece un toddler. Encuentras una rutina y cambian el colegio, las amistades, el sueño o la forma de poner límites. La sensación de “todavía no sé” reaparece porque el trabajo se mueve.

Eso puede crear una paradoja: cuanto más te responsabilizas de hacerlo bien, más consciente eres de todo lo que no controlas. Esa conciencia no es fraude. Es parte de trabajar con una persona que crece y no con un sistema estable.

La duda se convierte en “impostura” cuando borras toda la evidencia de competencia

La sensación de impostora no suele decir solo “hay cosas que no sé”. Dice algo más extremo: “lo que sí sé no cuenta; mis aciertos fueron suerte; los demás me ven más capaz de lo que soy; cualquier duda demuestra que toda mi competencia es falsa”.

Ese filtro produce una contabilidad imposible. Si algo sale bien, era fácil o casualidad. Si preguntas, es porque no sabes. Si cambias de opinión, eres inconsistente. Si una estrategia falla, confirma que nunca supiste lo que hacías. No hay forma de acumular evidencia positiva porque el criterio la descarta antes de registrarla.

Una lectura más justa separa áreas. Puedes manejar bien las mañanas y seguir dudando con el sueño. Puedes ser muy buena reparando después de un conflicto y necesitar ayuda para organizar límites entre hermanos. Competencia no significa omnisciencia.

Saber qué hacer cuando no sabes es una competencia central

Una madre competente no necesita respuestas instantáneas para cada etapa. Necesita procedimientos útiles cuando la respuesta no está clara: observar, buscar información fiable, preguntar a la persona adecuada, probar algo razonable, revisar resultados y pedir ayuda cuando el asunto supera lo que puede resolver sola.

Piensa en una situación reciente que no sabías manejar. Quizá hablaste con el colegio, consultaste una recomendación, cambiaste una rutina o reconociste que necesitabas otra opinión. Eso no es una prueba de que estabas “engañando” a nadie. Es exactamente lo que hace una persona responsable ante una situación nueva.

La frase “no sé todavía” puede convivir con “sé cómo avanzar”. Esa diferencia es importante porque devuelve la confianza al proceso, no a la obligación de acertar de inmediato.

Recoge evidencia que normalmente pasa desapercibida

Mira hacia atrás un año. Hay tareas que ahora haces sin pensarlas y antes te parecían enormes. Hay señales de tu hijo que reconoces mejor, conversaciones que sostienes con más calma, límites que explicas con más claridad y decisiones que ya sabes cuándo revisar.

Incluye también la evidencia menos vistosa: haber pedido perdón, notar antes que estabas saturada, decir que no a una expectativa familiar, pedir apoyo o abandonar una estrategia porque ya no encajaba. La capacidad de corregir rumbo es parte de la competencia, no una excepción a ella.

Puede ayudar mantener un registro muy sencillo, no para evaluarte a diario, sino para contrarrestar el sesgo de recordar solo lo que no salió bien: “esto antes me costaba”, “aquí supe pedir ayuda”, “esto lo ajusté”, “esta conversación la reparé”. Con el tiempo, aparece una historia más completa de aprendizaje.

No eres una impostora porque la maternidad siga obligándote a pensar. La sensación de no tener un guion puede coexistir con estar haciendo un trabajo real, responsable y cada vez más aprendido. La pertenencia al rol no depende de sentirte experta todos los días.